lunes, 23 de marzo de 2009

En efectivo, segunda parte

La semana pasada oí en la tele a una famosa de poca fama hablar de la enfermedad que padece, y, al referirse a las pruebas médicas que le habían hecho, dijo que había sido "un periodo exhausto de análisis". Error. En todo caso caso, la exhausta sería ella. El periodo de análisis habría sido exhaustivo:

exhausto: muy cansado y débil; agotado.
exhaustivo: que se hace con profundidad; completo.

Por cierto, qué afición tiene algunos a salir en la tele contándolo todo. Parece que tengan adicción a las cámaras. Adicción, que no adición:

adicción: dependencia del organismo de alguna sustancia o droga a la que se ha habituado
adición: añadidura, agregación; en matemáticas, operación de sumar.
Un poco más fácil nos lo ponen rebelar y revelar, que sólo nos pueden dejar en evidencia por escrito, ya que suenan igual:
rebelar: sublevar; faltar a la obediencia debida; oponer resistencia.
revelar: hacer visible la imagen impresa en la película; descubrir lo secreto; proporcionar indicios.
Pepito reveló que se rebeló contra su jefe.
De todos estos dúos malévolos de palabras, uno de los más peliagudos, a mi parecer, es el formado por actitud y aptitud, que menuda sutileza fonética se gastan:

actitud: postura del cuerpo; disposición del ánimo, conducta, aire.
aptitud: capacidad y buena disposición para desempeñar una determinada tarea.

Pepito tiene aptitud para ser jefe, pero su actitud chulesca lo estropea.
Tampoco se queda corta la parejita formada por pluvial y fluvial, que suena líquida y acuática:
pluvial: de la lluvia o relativo a ella
fluvial: de los ríos o relativo a ellos

En estos depósitos se recogen las aguas pluviales
Pepito es aficionado a la pesca fluvial

Si en vez de a la pesca somos aficionados a la música, debemos andarnos con cuidado y decir que somos melómanos; porque si decimos que somos megalómanos, nos calificamos de otra manera
melómano: apasionado por la música
megalómano: que sufre megalomanía, es decir, delirios de grandeza

Aunque, claro, también se puede ser un melómano megalómano...

lunes, 16 de marzo de 2009

En efectivo

Hace tiempo oí a un niño decir “En efectivo”, cuando su madre le preguntó si le había gustado la comida. Obviamente, el chiquillo confundía “en efectivo” con “en efecto”, y aparte de la equivocación, hay que reconocer que el niño tenía madera de académico.
El caso es que un error así, en boca de un niño, produce risa sana y hasta ternura. Por el contrario, si es un adulto el que confunde dos palabras o expresiones similares en sonido y estructura, lo que produce es sonrojo y una risa no tan sana.

Pero es que hay veces en que las palabras parecen querer burlarse de nosotros, ponernos la zancadilla verbal y hacernos tropezar con los significados. Se asocian contra nosotros en parejas, y hasta en tríos, y nos ponen en situación de desamparo léxico. Vamos, que tienen mala idea. A lo mejor es para vengarse de nosotros, por el maltrato que tantas veces les infligimos.

Vaya, he aquí una de esas palabritas traicioneras: infligir, que se confabula con infringir para liarnos de mala manera. No me queda más remedio que consultar el diccionario para asegurarme de que la uso correctamente:

Infligir: causar, ocasionar, imponer, un castigo o un daño.
Infringir: quebrantar o incumplir leyes, órdenes o normas.

Mejor no infringir la ley, no nos vayan a infligir un castigo.

Esto de los daños, los castigos y las leyes infringidas me suena a perjuicio, que no a prejuicio:

Perjuicio: daño material, físico o moral.
Prejuicio: opinión generalmente negativa, que se forma sin tener el conocimiento suficiente de lo juzgado.

No cabe duda de que el prejuicio es un perjuicio.

Con estas palabras, a ver quién no se hace un lío. Por cierto, ¿a ver o haber?:

A ver: tiene diferentes valores y usos; en general expresa expectación, interés, temor o mandato.
Haber: es un infinitivo que denota presencia o existencia; forma los infinitivos compuestos de la conjugación.

A ver si tenemos cuidado, que puede haber confusión.

martes, 3 de marzo de 2009

Edgar Allan Poe




Cuando yo tenía siete u ocho años me sentía fascinada por un libro que había en casa de unos familiares. Se titulaba Narraciones Extrordinarias, estaba escrito por alguien llamado Edgar Allan Poe y tenía en la cubierta un dibujo de una mansión sombría, sobre la cual brillaba una luna llena. Yo lo abría y leía algunas frases; no entendía mucho, pero me atraía y me causaba una extraña y dulce emoción.

Con el tiempo supe quién era Poe y cuánto misterio, pasión y desgarro hay en su obra y en su propia vida. Y supe que Poe no es, como muchos creen, un mero escritor de cuentos ‘de miedo’, que eso en realidad es lo de menos. Porque lo que importa es su condición de verdadero creador, su capacidad para innovar, para idear lo nuevo y lo diferente, para apartarse de los caminos trillados y trazar los que otros seguirían después.
Importa la elegancia de su estilo, la belleza de su expresión, la magnificencia de sus imágenes y el ritmo, la sonoridad y la música de sus poemas; su genio, su ingenio, y su capacidad de análisis de los detalles. De hecho, su August Dupin, el elegante detective parisino que fuma en pipa, es el primer criminólogo de la ficción, después del cual vinieron tantos otros, desde Sherlock Holmes hasta Grissom.

En su tiempo Poe fue criticado y menospreciado por las mismas razones por las que después sería admirado y alabado. Lo que para unos eran poemas artificiosos y rimas exageradas, para otros eran creaciones llenas de magia y musicalidad. Donde unos vieron historias siniestras y absurdas, otros encontraron la expresión de un alma sensible, de gran capacidad intelectual y aguda percepción psicológica.

Poe vivió apenas cuarenta años y todos ellos marcados por un destino trágico y un genio creador único. Y este año yo celebro el segundo centenario de su nacimiento conservando la misma dulce emoción que sentía cuando cogía aquel libro en casa de mis tíos.




La casa de Poe en Nueva York, su última residencia